De un octavo piso, menos dos, mas uno al cuadrado, bajan aplausos a colación de una melodía, que de a poco, se va hiperventilando en un pentagrama de cacerolas.
Notas sombrías, de menesteres principales y separaciones paralelas.
Todo baja.
Del clarín, hasta el trombón, se surte toda la góndola.
Se acaba la improvisación, y sin muchos lujos tira la primera piedra.
Con una armónica que nada tiene ver... sigue el proceso.
Orquesta sinfónica de azoteas, y maquinarias preciosas del sonido y la comunicación.
Diciembre... verano húmedo de lágrimas acorraladas.
Dos mil y una estrella entran en crisis...exodo.
Para cocinar servirá...y también para hacerse escuchar.
En la plaza, el concierto.
Bandas invitadas abren el show... con cartuchos de goma y otros de plomo, aclimatan la función... ovbiamente grauita.
Mentiras, conflicto, drama, estúpides... dos mil y una estrellas.
Años no tan dorados...
La marca no será uno a uno... se defenderá en zona.
La orquesta no se da descanso... cinco directores en una obra.
De ahí, gira internacional.
El que dirige la batuta no existe.
Cordones con dirección norte se tiñeron de azul, rojo y blanco. Deudas con clavijas y puntos de inflación en las baterías.
El público se muere de hambre...nada han dado para comer.
Aires de revolución ya no son tan buenos...madres y abuelas desde palco oficial vigilan que no se escape ningún nieto.
La figura del comandante esta en todos los volantes... que concierto de salsa nos dio.
Salsa roja por cierto, acompañada de alguna que otra estrella.
Celeste y blanco será...con un sol en el medio.
Desde lejos se te admira.
Concertista como pocas.
Orquesta mágica de sabores. De pan, de vino.
Volver... se va a volver.
Una más y no jodemos más.
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